Hay un momento, cuando estudias en otro país, en el que algo tan absurdo como una tostada puede convertirse en un viaje en el tiempo.
No es porque sea la mejor la tostada que te has comido en la vida.
Es que sabe a casa.
Y de repente echas de menos el sofá, el ruido de la cocina, tu habitación, tus amigos, tu madre preguntando si has comido, el perro que se tumba siempre en el mismo sitio o incluso ese vecino que pone música demasiado alta los domingos.
Bienvenido a la homesickness.
O, dicho en español: morriña. Pero estás en Estados Unidos y es más fácil que te encuentres un alien por los pasillos de tu instituto que una “ñ”. Así que tus amigos americanos te mirarán y pronunciarán una palabra que no esperabas escuchar en tu vida.
Y sí: puede pasar incluso aunque estés viviendo una experiencia increíble.
Homesickness: qué es exactamente
La homesickness es una respuesta emocional que puede aparecer cuando dejamos nuestro entorno habitual y nos alejamos de las personas, lugares, rutinas y referencias que nos hacen sentir seguros.
Cuando un estudiante se va a estudiar al extranjero, no cambia solamente de país.
Cambia de habitación, de instituto, de horarios, de comida, de idioma, de amigos, de normas sociales… De manera de moverse por el mundo.
Y, durante un tiempo, tiene que aprender de nuevo cosas que antes hacía en automático.
Por eso la homesickness no es solo “echar de menos tus padres”.
Es echar de menos una vida entera que conocías de memoria.
Además, la adaptación a un nuevo entorno puede estar relacionada con el estrés, la soledad y el bienestar psicológico. El apoyo social y la capacidad de adaptarse a las nuevas normas culturales son factores importantes durante este proceso.
Hay algo importante que entender
Sentir homesickness no significa que no te guste estar allí.
Puedes estar viviendo algo maravilloso y echar muchísimo de menos tu casa.
Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.
Puedes pensar:
“Esto es increíble”.
Y cinco minutos después:
“Quiero una tortilla de patatas hecha por mi madre”.
No hay contradicción.
Tu cerebro puede estar descubriendo un mundo nuevo mientras otra parte de ti sigue buscando aquello que conoce.
¿Cuándo llega la homesickness?
Aquí viene una de las trampas.
Mucha gente piensa que la morriña aparece al principio.
A veces sí. Pero no siempre.
Durante los primeros días puede incluso ocurrir lo contrario.
Todo es nuevo.
El instituto, la casa, los compañeros, el campus, los deportes, las clases, los horarios… y, por supuesto, el idioma.
Hay tantas cosas nuevas a tu alrededor que casi no queda tiempo para echar de menos nada.
Pero entonces pasan unos días.
La novedad empieza a desaparecer.
Y aparece una sensación extraña:
“Vale. Esto no es mi casa”.
Es en ese momento cuando la nostalgia puede venir de golpe y sin avisar.
No existe un calendario universal. Algunas personas sienten homesickness desde el principio; otras la experimentan después de varias semanas; otras tienen momentos puntuales durante meses.
La adaptación tampoco sigue una línea recta. La investigación sobre estudiantes que se trasladan a otros entornos muestra que los niveles de homesickness pueden cambiar a lo largo del tiempo.
Por eso no tiene mucho sentido pensar:
Semana 1 → bien.
Semana 2 → homesickness.
Semana 3 → solucionado.
El cerebro humano, por suerte o por desgracia, no funciona como una hoja de Excel.
Las fases de la homesickness: una montaña rusa emocional
Aunque cada experiencia es diferente, podemos identificar algunos momentos que aparecen con frecuencia durante una adaptación internacional.
No son fases obligatorias ni tienen una duración determinada. Pueden aparecer, desaparecer y volver a cuando menos te lo esperas.
1. “¡Me voy a Estados Unidos!”
También conocida como:
La fase de las fotos.
Todo es nuevo.
El instituto parece sacado de una serie.
El partido de fútbol americano es increíble.
La cafetería tiene cosas que jamás habías visto.
Haces fotos. Vídeos. Stories.
Llamas a casa para contarlo todo.
Y piensas:
“¿Cómo voy a echar de menos España si estoy viviendo esto?”
Spoiler: puedes.
2. “Espera… ¿dónde está mi gente?”
La novedad empieza a bajar de volumen.
Y empiezas a notar las ausencias.
Tu mejor amigo no está ahí y tu familia tampoco.
No conoces todavía todos los códigos sociales.
No sabes exactamente con quién sentarte.
Quizá todavía te cuesta seguir algunas conversaciones.
Y empiezas a comparar.
“En mi instituto hacíamos…”.
“Mi grupo de amigos…”.
“En casa…”.
Es normal.
Tu cerebro está utilizando lo conocido como punto de referencia para entender lo desconocido.
3.“Quiero volver”
Esta es la parte que más asusta a muchos estudiantes, porque aparece una pregunta peligrosa:
“¿Y si me he equivocado?”
Puedes sentir tristeza, irritabilidad, ganas de aislarte o una necesidad enorme de volver a casa.
Incluso cosas pequeñas empiezan a molestarte: el horario, la comida, las costumbres… incluso el clima. Todo parece demostrar que estarías mejor en casa.
Pero cuidado con tomar decisiones importantes desde el peor momento emocional.
Sentirse mal durante una adaptación no significa automáticamente que la experiencia vaya mal.
4. “Vale. Esto también es mi vida”
Poco a poco empiezas a construir referencias nuevas.
Ya sabes dónde está cada cosa.
Tienes tus rutinas, reconoces caras, tienes algún amigo con quien hablar, empiezas a entender las bromas, participas en actividades, ya no necesitas traducir mentalmente cada conversación.
Y un día sucede algo que puede parecer insignificante:
te das cuenta de que has dejado de pensar en la hora que es en España.
No parece gran cosa.
Pero lo es.
Has empezado a vivir en Estados Unidos.
5. “Tengo dos casas”
Esta quizá sea la parte más bonita.
No significa que dejes de echar de menos España.
Significa que tu mundo se ha hecho un poco más grande.
Ahora puedes echar de menos tu casa mientras echas de menos también la que construiste fuera.
Puedes tener amigos en dos países.
Rutinas en dos lugares.
Recuerdos que no caben en una sola ciudad.
Y descubrir que adaptarte no significa olvidar de dónde vienes.
Significa añadir algo nuevo a lo que ya eras.
¿Cómo saber si lo que siento es homesickness?
La homesickness puede manifestarse de maneras diferentes.
Algunas señales habituales pueden ser:
〉Pensar constantemente en volver a casa.
〉Echar mucho de menos a familiares y amigos.
〉Sentirse triste o solo.
〉Comparar continuamente el nuevo entorno con el anterior.
〉Perder interés por actividades que normalmente disfrutas.
〉Tener dificultades para concentrarte.
〉Sentirte irritable o más sensible de lo habitual.
〉Querer pasar demasiado tiempo aislado.
〉Sentir que no encajas.
Esto no significa que tener uno de estos síntomas implique necesariamente homesickness.
La clave está en observar cómo te encuentras y cuánto está interfiriendo con tu día a día.
La investigación ha relacionado la homesickness intensa con dificultades de adaptación y, en algunos casos, con problemas de bienestar psicológico.
Por eso no se trata de aguantar hasta que desaparezca.
Se trata de aprender a gestionar lo que estás sintiendo.
Cómo superar la homesickness: 6 cosas que sí puedes hacer
1. No luches contra la morriña
Parece contradictorio, pero funciona.
Echar de menos a alguien significa que esa persona importa.
No necesitas eliminar la nostalgia.
Necesitas conseguir que no ocupe todo el espacio.
Puedes pensar en casa, llamar, llorar. Puedes tener un día malo.
Y después salir de tu habitación e irte a la cafetería con tus amigos.
La emoción no tiene que desaparecer para que puedas continuar.
2. Habla con alguien
La soledad crece muchísimo cuando la conviertes en un secreto.
Habla con tu familia, con un amigo, con otro estudiante internacional, con tu host family, con un profesor o con alguien de tu programa.
Decir:
“Hoy estoy un poco de bajón”
es bastante diferente a:
“No puedo con esto”
y quedarse solo con esa idea.
El apoyo social es uno de los elementos de más peso para el bienestar de estudiantes que viven una experiencia internacional.
3. No conviertas WhatsApp en tu nueva habitación
Hablar con casa ayuda.
Pero pasar cinco horas al día conectado con España puede tener un efecto extraño: estás físicamente en otro país mientras emocionalmente sigues viviendo en el anterior.
Intenta establecer momentos para hablar.
Y después vuelve a lo que está ocurriendo a tu alrededor.
La idea no es desconectarte de casa.
Es conectar también con tu nueva vida.
4. Crea pequeñas rutinas
Cuando todo cambia, las rutinas funcionan como pequeñas islas.
Desayunar siempre a la misma hora.
Salir a caminar, entrenar, leer antes de dormir, escuchar música, escribir, llamar a tu familia a determinadas horas o días… En definitiva, tener una actividad que sea solo tuya.
No necesitas controlar todo lo que ocurre. Pero sí puedes crear pequeñas cosas que hagan que tu día se sienta menos extraño.
5. Haz algo que te obligue a relacionarte
No esperes siempre a que alguien venga a buscarte.
Apúntate a un deporte o actividad.
Habla con alguien de clase.
Siéntate con gente diferente.
Acepta una invitación aunque al principio te dé un poco de pereza.
La adaptación social no sucede únicamente porque pasa el tiempo.
También sucede porque empiezas a construir vínculos.
6. Deja de comparar cada cosa
Tu instituto no tiene que ser igual que el de España.
Tu familia de acogida no tiene que comportarse como tu familia.
Tus nuevos amigos no tienen que relacionarse contigo como los de toda la vida.
Y Estados Unidos no tiene que funcionar como España.
Comparar puede ayudarte a entender diferencias.
Compararlo todo, en cambio, puede hacer que el nuevo lugar siempre salga perdiendo.
Prueba otra pregunta:
En lugar de:
“¿Por qué aquí no hacen esto como en España?”
pregúntate:
“¿Cómo funciona esto aquí?”
Parece una diferencia pequeña.
Psicológicamente puede cambiar mucho la forma de mirar tu entorno.
Y si eres padre o madre: cuidado con la llamada de "¿quieres volver?"
Esta parte es importante.
Porque cuando un hijo llama llorando desde otro país, la reacción natural suele ser:
“Si estás tan mal, volvemos a buscarte”.
Es comprensible.
Pero antes de convertir una emoción en una decisión, conviene escuchar.
Preguntar:
“¿Qué ha pasado hoy?”
en lugar de:
“¿Quieres volver?”
puede abrir una conversación completamente diferente.
Porque quizá el problema sea que ha tenido un mal día.
O que todavía no tiene amigos, que no ha entendido una clase, que ha discutido con alguien, que lleva tres días durmiendo mal. O tan solo que hoy echa muchísimo de menos su casa.
Primero hay que entender qué necesita.
Después decidir qué hacer.
Padres: cómo ayudar sin estar allí
Hay una paradoja curiosa.
Cuando un hijo se va al extranjero, los padres también tienen que aprender a gestionar la distancia.
Y a veces cuesta más de lo que esperaban.
Algunas ideas:
1. Escucha antes de solucionar
No todo necesita una solución inmediata.
A veces tu hijo necesita contar lo que le pasa y sentir que alguien le entiende.
2. Evita dramatizar
Si tu hijo dice:
“Odio estar aquí”.
No significa necesariamente:
“Quiero abandonar el programa”.
Tan solo puede significar que no ha tenido un buen día.
Pregunta. Escucha. Aclara.
3. Pregunta por lo concreto
En lugar de:
“¿Estás bien?”
prueba con:
“¿Cómo ha ido hoy con tus compañeros?”
“¿Qué tal las clases?”
“¿Has hecho algo que te haya gustado?”
“¿Con quién has estado?”
Las preguntas concretas ayudan a saber qué está ocurriendo de verdad.
4. Confía, pero mantente presente
Independencia no significa abandono.
Tu hijo necesita saber que estás ahí.
Pero también necesita espacio para descubrir que puede resolver algunas cosas por sí mismo.
¿Cuándo deja de ser “solo homesickness”?
Aquí conviene no banalizar.
La tristeza, la nostalgia o los días malos pueden formar parte de una adaptación normal.
Pero si el malestar es muy intenso, persiste, empeora o interfiere claramente con la vida cotidiana, es recomendable hablar con un adulto de confianza y buscar apoyo profesional cuando sea necesario.
Especialmente si aparecen dificultades importantes para dormir, comer, estudiar, relacionarse o realizar actividades cotidianas.
La homesickness y el estrés de adaptación pueden coexistir con problemas de salud mental, por lo que no conviene asumir automáticamente que todo malestar desaparecerá simplemente con el paso del tiempo.
Pedir ayuda no significa que hayas fracasado.
Significa que estás cuidándote.
La homesickness no es el enemigo
Irse a estudiar fuera no consiste en demostrar que puedes estar meses sin echar de menos a nadie.
No se trata de convertirte en una persona completamente independiente que nunca necesita ayuda.
Y tampoco consiste en volver siendo exactamente la misma persona que se fue.
La experiencia consiste, en buena parte, en aprender a vivir con dos cosas a la vez:
“Echo de menos mi casa”.
y
“Me gusta mi vida aquí”.
Las dos pueden ser verdad.
Y probablemente lo sean en algún momento.
Porque crecer también consiste en descubrir que puedes querer volver a casa y, al mismo tiempo, tener ganas de ver qué hay al otro lado de la puerta.
Y un día te das cuenta de que aquel lugar que al principio parecía completamente extraño ya tiene recuerdos tuyos.
Entonces ocurre algo curioso, dejas de preguntarte cuándo vas a sentirte en casa.
Porque ya tienes más de una.
Si estás preparando tu experiencia en el extranjero
La adaptación empieza mucho antes de subir al avión.
Entender cómo será el día a día, conocer las opciones de alojamiento, preparar las expectativas y saber a quién acudir cuando aparezca un problema puede marcar una diferencia enorme durante los primeros meses.
En Deaquiparafuera acompañamos a estudiantes y familias durante el proceso de estudiar en el extranjero, desde la elección del programa hasta la adaptación a su nueva vida.
Porque irse lejos de casa es un gran paso.
Pero saber que no tienes que hacerlo todo solo puede cambiar completamente la experiencia.
¿Tienes dudas sobre cómo preparar a tu hijo para estudiar fuera o sobre cómo gestionar la adaptación durante los primeros meses?
Habla con nuestro equipo y descubre qué opciones pueden encajar mejor con vuestra situación.
